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 El Familiar Rebelde ~ Mi Introducción

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Satoru
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Mensajes : 6
Fecha de inscripción : 07/05/2012
Edad : 21
Localización : Desconocida
Frase : Si quieres que algo salga bien, hazlo tú mismo...
MensajeTema: El Familiar Rebelde ~ Mi Introducción   Vie Mayo 11, 2012 8:26 am

[AVISO: Contenido NO adecuado para sensibles]



PARTE I ~ El exilio de Sato


La noche de luna nueva estaba impregnada de un montonazo de estrellas que titilaban en la atmósfera. Bajo esta mágica bóveda se encontraba una pequeña ciudad de cuyo nombre no me quiero acordar. No era muy lujosa y tenía una pinta de cierta ruralidad. Sin embargo, no era eso lo que resaltaba aquella noche, sino lo que sucedía en las afueras...

Dos chicos caminaban en dirección a un apartado bosquecillo lleno de almendros, zarzas y cañaverales. Uno de ellos era rellenito y de altura mediana. Su pelo castaño era un poco más largo del que los chicos llevaban habitualmente. Portaba una pesada mochila a su espalda. Su nombre era Toru Yokohama, apodado Toyo. El otro joven, el cual llevaba dos katanas, era bastante alto y un poco más flaco, pero en él se podía percibir una complexión musculosa sin llegar a lo bestia. Tenía el pelo corto y moreno, unos ojos azul oscuros, de nariz chata, boca mediana y orejas discretas. Las cejas tenían una pinta desafiante. Su nombre era Rikimaru Satoru, apodado Sato. Ambos se dirigían hacia un lugar donde el destino cambiaría radicalmente sus vidas...

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

La noche ocultaba nuestras presencias, pero el ruido de los cacahuetes que compramos podía delatarnos. Toyo se ponía nervioso cuando tenía hambre y por eso nos pasamos por una de las apestosas tiendas de las afueras para comprar algo. La hora a la que salimos fue la medianoche y ya había pasado casi una hora cuando penetramos en un pequeño bosquecillo...

Con una mano, recogí las dos katanas que llevaba, pues vi que Toyo me lanzaba la mochila y tuve que agarrarla. Miré que se iba a un lugar apartado, que se bajaba los pantalones y que una asquerosidad de ruido sonó... ¿Estaba cagando? ¡A buenas horas! Me apoyé en un árbol y me limité a esperar. Era una putrefacta melodía entre los esfuerzos de Toyo y los continuos pedos:

- ¡Sato! ¡Estos cacahuetes me dan diarrea, cerdo! - a pesar de ser un deslenguado, aquel chico era buena gente.

- Esperemos que todo salga bien - abrí la mochila y contemplé aquellos ocho cartuchos de dinamita - ¿Están los explosivos en condiciones? - pregunté a mi amigo, pero este volvió a interrumpirme.

- ¡Pásame una hoja, hijo de perra, estoy cagando un pico! - me apremió. Suspiré y cogí un par de anchas hojas que había por allí...

Se evadía de la conversación pues sabíamos de antemano la intención del plan. Nos habían hablado de aquellos mamonazos, los Motshima. Eran unos camellos que se habían instalado hace poco aquí, causando revuelo y molestando a algunos de nuestros compis. Vendían drogas y debíamos actuar para paliar esta mierda. Aparte de las peleas de bandas que mi panda y las demás hacían, ellos, además, vendían esta cotizada mercancía. Hace poco descubrimos uno de los zulos de esta región y planeamos destruirlo: sólo dos se ofrecieron voluntarios a llevar a cabo tal misión.

Tras remontar varias colinas y pasos restringidos, llegamos hasta el lugar del objetivo, un viejo y abandonado almacén.

Spoiler:
 

Toyo comprobó una vez más el explosivo y analizó el modo de programación para que explotase pasado un cierto tiempo. Si lo colocábamos en la pared, sólo esta se vería afectada, por lo que decidimos entrar. Antes de entrar, desenfundé una de las dos katanas de su vaina. Comprobé su filo:

Spoiler:
 

- ¿Dónde las pillaste? - me preguntó el curioso de Toyo.

- Se las birlé a sensei Akito - le contesté sin dejar de mirar el filo.

- Ese viejo está hecho polvo, pero los cachivaches que vende tienen una calidad suprema - comentó y volvió a recordar nuestra tarea - Venga, adentro.

Volví a enfundar la katana y me las eché a la espalda. El gran portón soltó un oxidado chirrido y ambos penetramos en el almacén. Antes de ponernos manos a la obra, echamos un vistazo al zulo. Las paredes eran cutres pero los objetos estaban desordenados y sin control alguno. Todo desparramado y en una esquina había más de una decena de jeringuillas.

- Tío, aquí hay medio México...

Había un enorme paquete del tamaño de un corriente camión. Toyo, que tenía menos vergüenza que las garrapatas, abrió la envoltura y descubrió una especie de polvo blanquecino. Cogió un pequeño paquete, lo abrió con su navaja y bastó con olerlo para informarme de lo que era:

- Cocaína peruana... - con el dedo meñique tocó un poquito y lo lamió - ¡De la mejor!

Seguí mirando y me di cuenta de que hasta tenían videoconsolas y teles los muy cabrones... Al lado del portón por el cual habíamos entrado, noté que había motocicletas. Una de ellas era una moto de cross y me llamó la atención pues tenía la llave puesta... ¿Y si no estábamos solos?

Spoiler:
 

- ¡Sato! - volvió a llamarme la atención mi pesado amigo - ¡Esto es una locura!

Me indicó que me acercara a una ventana, pero estaba oscuro y no notaba nada. Toyo le dio al interruptor de la luz y la ventana se iluminó. Resoplé fuertemente: tenía delante de mis narices un invernadero del tamaño de dos campos de fútbol. Las plantas me llamaron la atención... ¡Sin duda, era una plantación de marihuana! Aquella gente tenía un negocio muy sucio, pero lo admiré al reconocer que ese hecho conllevaría ganarse un pastón.

Bueno, dejamos de sorprendernos y fuimos a por lo que fuimos. Había un puñado de bombonas cerca de un pilar que sostenía gran parte de techo y auxiliaba con la estructura. Estaba claro, la dinamita tenía que colocarse allí. Mientras yo vigilaba, Toyo se puso a colocar y programar los ocho cartuchos de dinamita. Me pregunté de dónde los sacaron nuestros colegas…

Nada más comenzar en su labor de sabotaje, oí pasos por las escaleras que daban acceso al piso superior y me fijé en que el portón se abría con el mismo y agobiante sonido. Conté dos docenas de Motshimas.

- Dame tiempo, Sato -
Toyo estaba concentrado en su labor de colocar los cartuchos.

Uno de los miembros de la panda se acercó más que los demás y comentó en tono jocoso, pero sin agradable intención:

- Os habéis metido en propiedad privada. Prepárense para el palizón de vuestra vida.

Vi que algunos llevaban bates, palos, cadenas y puños americanos. Los que bajaban por la escalera tenían navajas... Desenfundé las dos katanas, ladeé hacia delante la espalda y separé piernas. Confiaba en que esto acabase pronto y pudiéramos salir pitando.

Algunos se achantaron con aquellas armas, pero otros se acercaban peligrosamente hacia mí. Yo, por mi parte, no movía ninguna de las dos katanas, hasta que percibí que uno se abalanzaba por la izquierda con una porra. Menos mal que estaba lejos, pues solo le hice un corte en la pierna. De repente, como si todos reaccionaran ante un estímulo, cuatro se tiraron a por mí.

Mientras una de mis katanas mantenía bloqueados a dos, yo dirigí la otra para asustar a uno que llevaba una navaja. Sin embargo, vi que uno se me acercaba de frente para golpearme. Yo le respondí con una patada en el pecho. El de la navaja se retiró a causa del corte en el brazo y ya me centré en los otros dos. La hoja de las katanas era tan dura y afilada que pude segar las dos varas de un solo revés. Los dos se retiraron, pero de repente, sucedió un acto que jamás olvidaré...

Uno de los armados con cadena se lanzó a por mí. No se dio cuenta de que le dirigía la punta de la espada. Y entonces el filo se introdujo fríamente en su pecho, sobresaliendo la punta junto con un chorreo de sangre. Arranqué la espada con los ojos contraídos y vi cómo caía pesadamente al suelo, herido mortalmente. ¿De verdad lo había hecho? Desde mi más tierna infancia me enseñaron un estilo de combate basado en la mezcla del samurái y del ninja. Esto se componía de juntar las habilidades de velocidad y precisión de un ninja junto con la bravura y la potencia del samurái. Pero nunca imaginé que fuera usado para matar. Padre me repetía continuamente que servía como método de defensa, pero aquella noche incumplí las reglas no escritas...

Toyo estaba programando la dinamita, mientras que los otros, con las miradas perdidas, cargaban furiosas acometidas contra mí. Sabía que esto ya no iba a ser una simple paliza... Empecé a retirarme y advertí que uno se acercaba a Toyo. Salí corriendo en su dirección y al llegar, mi mente ya no lo dudó, lancé el filo contra el costado del desgraciado. El corte fue brutal y me salpicó un chorro de sangre fresca.

- ¡La madre que me parió! - Toyo también se sorprendió de mi acto homicida.

De repente, la vida se me tornó como absurda y caótica. En mi cabeza rondaba este pensamiento: '' Todos nacimos para morir... '' Aquella noche dejé de ser adolescente. No me hice hombre, sino que me convertí en una bestia sin corazón. Sin embargo, dejé a un lado aquellos perniciosos pensamientos y me puse manos a la obra. Ya no merecía la pena aguantar a los Motshimas.

Se estremecieron al ver que me tiré al primer miembro que tenía al alcance. Intentó quitarse, pero la katana le alcanzó en el cuello y este gritó. La hemorragia sería profusa. Los otros, no sin temor, se fueron a por mí. Empecé a moverme como una sombra entre ellos, intentando esquivar los golpes. Algunos me dieron, pero yo repartía daños serios (hasta letales). Tenía un par de cortes y moratones, pero seguía repartiendo leña a diestro y siniestro.

- ¡Toyo, cabrón! ¡Esto se me está yendo de las manos! - quería meterle prisa para evitar más derramamiento de sangre innecesaria.

Ya sólo quedaban una docena y media, pues los otros sucumbieron ante las katanas. Yo continuaba en mi nueva labor. Mi amigo conectó los últimos cables y, tras trastear unos botoncicos, se levantó. De repente, sentí la voz de Toyo:

- ¡Dos minutos, hijos de...!

No pudo acabar la frase. El almacén se quedó en total silencio cuando sonó un disparo de pistola. Me giré rápidamente al tiempo que mi katana cortaba la mano de un infeliz Motshima. Mi amigo caía lentamente de bruces cerca del pilar en el que estaba colocado el explosivo activado.

- ¡¡¡TOYOOO!!! - mi grito fue desgarrador y penetrante, como si un rayo batiese de una punta del almacén a la otra.

La katana que arrojé al que iba con el arma de fuego impactó en su cráneo. Toyo, sintiendo que la vida se le escapaba, se llevó una mano al bolsillo para extraer algo. Mientras mi espada segaba dos vidas más, yo fui volando hasta otra que agonizaba.

Los demás se acercaban con cierta inseguridad hacia mí. En un punto de su espalda se veía el gran hoyo que hizo la bala, formando un pozo relleno de sangre. Di la vuelta a Toyo y lo miré a la cara. Estaba pálido y por su boca salían líneas rojas. Antes de morir, me dio algo y yo lo guardé en el bolsillo.

- Suerte, amigo.

Eso fue lo último que dijo antes exhalar su último suspiro. El cronómetro de los cartuchos marcaba que quedaban menos de un minuto y medio. La furia ciega se apoderó de mí. Recogí la katana del desgraciado que mató a mi amigo y fui en pos de aquellos diecisiete tipos. Empecé a liarme a espadazos, pero pronto sentí la necesidad de largarme de aquí por dos razones. La primera era la dinamita, pues quedaba poco. La segunda razón se hizo porque escuché algunos pasos del piso superior. ¿Y si portaban armas de fuego?

Tras arrebatar otras cuatro almas de este mundo, el tiempo se volvió crítico. Con un patadón y armas blancas envainadas, alejé a uno mientras me dirigía a la moto de cross que había visto. Los de las pistolas bajaban por las escalinatas.

Quince segundos...

Arranqué la moto con la llave puesta y salí por el portón abierto a toda leche. Los demás cogían las otras motocicletas, subiédose detrás de ellos los Motshimas de las pistolas.

Cinco segundos...

Ya habíamos salido y se iniciaba una persecución en la que tendría que apañármelas para salir, pero no me orienté bien y fui por un desconocido camino.

Cero segundos...

El sonido retumbó en mis tímpanos cuando el almacén explotó, despidiendo varios cascotes hacia todas partes.

Percibía el sonido de las rugientes motos buscándome. Sabía a ciencia cierta que me iban a dejar listo de papeles en cuanto me pillaran, así que aumenté la velocidad inconscientemente por aquellos tramos sinuosos de carretera. No sabía hacia dónde ir...

De repente, vi por el pequeño retrovisor que una motocicleta se me acercaba y se ponía a mi lado. Se puso tan cerca que el acompañante me iba a disparar a bocajarro, pero yo reaccioné antes y practiqué un corte, seccionando oreja del conductor y dañando la mano del acompañante Motshima para que soltase la pistola. El dolor que sufrió el conductor le hizo perder el control de la moto y salirse de la carretera.

Para ponérselo difícil a los que tenían armas, me salí de la carretera y empecé a sortear los árboles que se me ponían en medio del camino.

Finalmente, llegué a un camino sin salida. Bueno, sí, había una salida: el precipicio. Me mirada se ensombreció y en la boca se esbozó una sonrisa de desafío a la muerte. Todos íbamos dirigidos a ella, pero yo no...

Y entonces, casi seis docenas de motos saltamos desde el barranco, mientras yo gritaba a pleno pulmón:

- ¡Todos nacimos para morir!

Mientras los gritos de los Motshimas se mezclaban con el rugido de las motos y el ambiente, advertí que la gravedad nos iba a dar una letal caída. Sin embargo, me fijé en que yo iba a caer sobre otra cosa. No sabía muy bien cómo describirla, pero parecía un vórtice circular brillante, como si fuera... ¿magia?

Qué remedio tenía. Aquella bola me tragó junto con las dos katanas y la moto de cross naranja. Fuimos absorbidos y, a partir de ahí, mi vida sufrió un gran giro...

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Jean Colbert-sensei
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MensajeTema: Re: El Familiar Rebelde ~ Mi Introducción   Miér Mayo 16, 2012 1:17 am

Joder (con perdón de la expresión) hacia mucho que no leía algo que me intrigase tanto, ya me habías comentado sobre que iría la historia pero la verdad esperaba algo diferente, me a recordado a una mezcla entre GTA y la película de el ultimo samurai. Muy buena la historia la verdad, espero impaciente leer la continuación.

Pd: buen momento para invocar a Sato xD.
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Satoru
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MensajeTema: Re: El Familiar Rebelde ~ Mi Introducción   Mar Jun 12, 2012 1:59 am

PARTE II ~ Una falsa libertad


Los primeros días fueron confusos y desgraciados. Tras meterme en aquel círculo, no sabía lo que sucedía. Era como si estuviera atravesando un portal, divisando otra tierra a lo lejos. Sin embargo, durante el intervalo en el que estuve ocurrieron una cosa extraña: la aparición de una cadena fantasmal que me unía con algo que estaba más allá del portal. A lo mejor, fue a causa de esta cadena por la que me veía atraído hasta allí, así que cogí una de las dos katanas y corté de un tajo aquella cadena. Sin embargo, el propósito fue en vano y seguía precipitándome hacia aquella tierra... un momento, eso parecía una torre.

Al parecer, estaba llegando a una tierra extranjera y desconocida para mi desgracia. Aterricé dando un par de saltos en el tejado cónico de la torre más grande. Luego comencé a usar las otras cúpulas de torres más bajas hasta llegar al suelo. Mi mirada se desvió hacia el cielo... Había dos lunas (era también de noche) y la vegetación del alrededor no me era familiar, aparte de esas antiguas torres.

Spoiler:
 

Me disponía a salir pitando de ahí cuando alguien me llamó la atención. Era un hombre con una enjuta capa y su rostro oculto no mostraba intención alguna. De repente se dirigió hacia mí, diciendo:

- Firma el contrato, Familiar.

No le hice ni puto caso e iba a arrancar la moto para emprender la marcha cuando súbitamente varias ondas cortantes pasaron por mi espalda y hombros. Caí de la moto, medio furioso y medio asustado y volvió a suceder algo insólito. En mi bíceps derecho empezó a quemarse algo. El dolor era intenso y aquella cosa relucía casi hasta cegarme. Antes de perder la consciencia, me fijé en que apareció una marca en el lugar que me había brillado y dolido... No entendía nada, pero sabía que esto no iba a ser fácil de soportar.

Spoiler:
 
Al segundo día, se puso de manifiesto mi odio, el cual empezaba a materializarse, a la gente de ese sitio. Me había encerrado en una jaula para perros. Podía estar tumbado y agachado, pero me era imposible ponerme de pié. Las dos katanas y la moto estaban a un lado, fuera de mi alcance. De desayuno, me dio unas frutas por entre los barrotes. Me trataba como si fuera una bestia salvaje.

- ¿Cómo te llamas?

No respondí. Aquel tipo torció el gesto, creyendo que no lo entendía o que no sabía hablar, y tras un breve rato, alguien tocó la puerta. Me mantuve atento, pero sin mostrar ningún rasgo de comprensión de lo que decían:

- ¿Funcionó la invocación?

El que me preguntó por mi nombre asintió y abarcó con una mano la jaula en la que estaba yo prisionero.

- Pero no habla... Intentó irse, pero se lo impedí.

Fruncí el ceño. ¿Así que fue aquel desgraciado? Advertí que su semblante se tornó oscuro y misterioso:

- Pero nunca pensé que un familiar pudiera tener un DeathBat... - debía de referirse al tatuaje que se me quedó grabado en el bíceps.

- Hay que investigarlo, Hoshiro - dijo el visitante.

Aquel desgraciado llamado Hoshiro fue a abrirme la jaula creyendo que no le haría nada. En cuanto lo hizo, le embestí con todas mis fuerzas, pero vi que su amigo sacaba una varita y pronunció algo ininteligible para mí. De nuevo unas ondas cortantes me atravesaron el tronco, brazos y piernas. No llegué a caerme, pero sentí que el tatuaje me daba una extraña vibración. Es como si estuviera absorbiendo todo el odio creciente de mi interior.

El tiparraco embestido sacó su varita y me metió violentamente en la jaula, estampándome contra los barrotes. Y cerró la jaula para perros de nuevo.

- Cretino, no tienes posibilidades contra magos square… - no le miraba, sino que me llevé la mano izquierda al bíceps, para ocultar ese débil brillo que había surgido de pronto. El Deathbat este me daba mala espina.

Para mi desgracia, los días iban a tornarse arduos, hostigadores, como si ya estuviese en la antesala del infierno. Aquel tipo pretendía, por decirlo de un modo, domarme, pero yo me resistía siempre y los castigos empezaron a ser más interesantes. Las ondas cortantes dejaron de importarme, pues Hoshiro me sometía a temperaturas elevadas y bajísimas, me electrocutaba con pequeñas descargas. Era un cabronazo de torturador. Mientras tanto, yo aguantaba como podía aquel sufrimiento, contemplando cómo el tatuaje absorbía más y más los sentimientos más oscuros de mí. Sin embargo, no todo era dolor y horror para mí. Tras dos semanas de estudio, Hoshiro descubrió que aquella marca no era una cualquiera, revelando que yo era un proscrito antifamiliar destinado a impartir caos y agonía allá donde fuera. Era, según decía, el brazo derecho de un corrompido y olvidado dios...

Tras unos pocos días, los oí discutir una noche, pero yo simulaba que estaba durmiendo sobre la dura y metálica lona:

- Te lo digo en serio, Kosuke, él no es mi Familiar ni es nada... ¡Algo ha pasado en la invocación!

- Cálmate, haces la invocación de nuevo y ya está.

- ¿Cómo lo haremos? Ni latigazos ni inanición han servido para dominarlo. No sé ni por qué lo tengo, pero como veo que no habla, probaré a investigar sus cosas.

El régimen de tortura siguió su línea sin ningún contratiempo, pero luego Hoshiro comenzó a fijarse en aquel ''aparato con dos ruedas'', según su opinión. Pronto se dio cuenta de que era un medio de transporte, pero que su combustible era una especie de líquido del cual desconocía tanto existencia como aplicación. Tras unos pocos días, imbuyó con magia el motor de la moto de cross, es decir, ya no necesitaba de su combustible y funcionaba por el simple hecho de que el motor cobró vida propia (me sorprendí al ver que hablaba, que dijo llamarse Rudi, pero se negó a encenderse porque nadie salvo el chico enjaulado podía montarlo). Hoshiro no entendía nada y dejó finalmente a la moto...

A veces se iba y me dejaba más de una noche sin comer, mientras que mi estómago rabiaba de hambre. Hubo momentos de soledad que intentaba quebrar con la armónica que Toyo me regaló antes de morir. Mientras pasaba las noches en vela tocando tristes sinfonías, el Deathbat seguía devorando mis pensamientos más inhumanos. Le daba alimento continuamente, pero nunca se saciaba. ''Y yo creyendo que mi vida era muy perra...'', mis pensamientos eran pesimistas y la única salida que veía era la muerte.

Pasé casi dos meses allí enjaulado. Lo que pasó el último día fue el dulcísimo y suculento sabor de la venganza. La tormenta nocturna ocultaba las estrellas y algunos rayos rasgaban la atmósfera, acompañados de unos cuantos truenos lejanos. La lluvia empañaba las cristaleras y yo miraba con cara de muerto aquel fenómeno meteorológico cuando de repente entraron por la puerta Hoshiro y Kosuke. Les veía agobiados tanto como yo y lo que dijeron me dejó con el corazón en un puño.

- En fin, no merece la pena tenerlo aquí. Vamos a cenar y ya luego nos encargamos de terminar con el silencioso perro.

- ¡Vaya mierda de invocación y Familiar que has hecho!

Percibí que Hoshiro dejaba su varita en un mesita y ambos cerraron la puerta y fueron escaleras abajo. ¿Así que ya iban a matarme? Tras semanas de odio, furia, dolor, sufrimiento, desgracia y soledad, por fin iban a hacerlo. De repente, nació un viejo amigo que dio la guinda al pastel: Miedo. Era el último que faltaba y, con él, el Deathbat se excitó sumamente, brillando y apoderándose de mi subconsciente.

No era yo, era aquella marca quien me la estaba jugando. Mi iris de color azul oscuro y mis pupilas se desvanecieron, quedando los ojos completamente en blanco. Repté parsimoniosamente hasta los barrotes y cogí uno con cada mano. Tampoco era mi fuerza, pues las barras se separaron hasta tal punto de llegar a romperse. Los rayos comenzaron a caer con más abundancia. Mis ojos volvieron a recuperarse, cuando oí de un lado decir:

- ¡Chaval, has vuelto! - la moto se dirigía hacia mí. No le hice caso, pues sentí que unos pasos resonaban en las escaleras. Las pocas velas que iluminaban el torreón me sirvieron para esconderme entre las sombras, no sin antes coger la varita.

Era Hoshiro quien entró por la puerta. Iba a recoger su varita cuando de repente su cara palideció al ver los barrotes rotos. Se acercó a la jaula para comprobar dónde estaba. La puerta se cerró a sus espaldas:

- Gracias por cuidarme, amo... - mi voz sonaba ronca y grave, debido a que no hablé durante dos meses.

Se giró con el rostro congestionado por el pánico para ver que me abalanzaba encima de él. La punta de la varita se inyectó en su ojo izquierdo alcanzando la profundidad de 5 centímetros, soltando este un alarido que se mezcló con un trueno. Caímos los dos al suelo... y yo me desquité como una bestia. Los puñetazos empezaron a caer sobre su careto como si de una granizada se tratase: los tres primeros le desfiguraron la cara, los dos siguientes le deformaron la nariz, los dos posteriores hicieron saltar sangre y dientes... No paré. Fueron casi cuatro minutos golpeando con rabia ciega al desgraciado que me había hecho la vida imposible. Tras parar y contemplarlo, estaba respirando entrecortadamente y con ambos puños manchados de su sangre. Le cogí de su capa, levanté el cadáver y lo lancé violentamente contra la ventana. Los cristales se hicieron añicos y el cuerpo cayó a una altura de casi 20 metros. El viento apagó gran parte de las velas y la habitación se inmiscuyó en la oscuridad. Cogí las dos katanas y escuché que venía mi siguiente víctima, Kosuke.

Advirtió los daños y sacó la varita, apuntando a los rincones de la oscuridad. Se estremeció al ver que la jaula estaba rota. Fue inspeccionando lentamente cuando un relámpago cayó sobre el cuerpo del cadáver, cerca, muy cerca de la torre. Todo se volvió luminoso y yo estaba justo a su lado, con la katana desenvainada y levantada. La hoja cayó segando la muñeca de la mano que sostenía la varita. El corte y el berrido de Kosuke se mezclaron con el tremendo trueno.

- ¡¡¡YAAARGH!!!

- ¿Dónde estoy y qué está pasando? - le pregunté ignorando su amputación.

El tío, quejándose de dolor, me miró con cara atemorizada y empezó a contrame cosas que yo desconocía, pero que tampoco me esforcé por entender. Como pregunta final le dije:

- ¿Cómo salgo de este plano infernal?

- No lo sé. Pero en la academia del oeste saben el modo. ¡Déjame! - mi mirada se perdió y Kosuke se estremeció.

- Tras todo lo que me habéis hecho...

Me lancé a por él y, con rápido giro, las dos katanas se clavaron en su pecho. Volvió a gritar, pero mi reberldía no se amedrantó por eso. Otro corte con cada katana y perdió los dos brazos; un segundo corte y piernas segadas... El último corte magistral fue vertical descendente: partí cabeza y torso de un plumazo. Me sentía potente, como si el Deatbat, aparte de poseerme transformándome en una bestia indómita, me diese vigor. Y era verdad, aquella marca era un parásito que se alimentaba de mis odios y mis miedos, maldiciéndome con estos abominables actos de asesinato, destrucción y locura.

Limpié la sangre con su túnica y fui a inspeccionar lo que había abajo. Había de todo, pero en lo que me centré fue en atracar la despensa. Comí sin control, recordando el buen sabor de la comida cárnica. Como era de noche y ahcía tormenta, me fui a una cama de verdad. Tenía grandes planes para mañana...

Ya tras dos meses de encerrona, por fin pude librarme de aquel infierno. Lo primero de todo, coger una túnica para mezclarme con las gentes de por aquí. Lo segundo fue registrar la torre y apoderarme de algo de dinero y pertenencias ajenas, mientras que en los libros ni me fijé porque las letracas no las entendía. Ya finalmente saqué afuera a Rudi, mi parlante moto de cross:

- Prometo llevarte adonde quieras, pero déjame descansar los domingos y festivos.

En la despensa, descubrí varias garrafas de brea. Comenzé a salpicar todos los cuartos de la torre hasta llegar a la única entrada de acceso, además de meter el carbonizado cuerpo de Hoshiro. Registré bajo el asiento de la moto y encontré cigarrillos y un mechero. Tiré todos menos uno y encendí la pequeña llama para fumarme uno. Había pasado por demasiados sobresaltos y debía contrarrestarlo con algo. Tras acabar con el cigarro, lancé la colilla hasta el charco de brea que había a la entrada. Acto seguido, me monté en la moto y esta rugió partiendo en dirección oeste, hacia la academia. No me giré para ver cómo mi pasado era purgado por el fuego. No me importó. Ya no. Ahora debía ir a esa academia y buscar el modo de salir de este mundo. A partir de este momento, Sato gozaba de una falsa libertad...
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